martes, 18 de junio de 2013

Partidos descafeinados



El tipo de partido que prevalece en el país, con excepciones por supuesto, es el descafeinado. Conservan el saborcillo, pero han perdido algunos de sus componentes esenciales, quedando reducidos a maquinarias electorales que funcionan cada cuatro años. Ya no proporcionan la energía movilizadora de antaño, ni proveen a las personas de identidades políticas basadas en visiones particulares sobre el papel del estado y la vida en sociedad.

En los períodos electorales buscan atraer “consumidores” con frases y lemas que sean atractivos a públicos diversos, promoviendo candidaturas con maquillajes vistosos que buscan disimular carencias, intenciones ocultas o los grupos de interés que manejan el partido. Como en un espectáculo de títeres, se trata de distraer la atención de los potenciales votantes, que terminan olvidándose de quienes manejan los hilos de los muñecos y votan, entonces, por candidaturas y listas de diputados y regidores que aparentemente representan a todos y a nadie en particular.

Los partidos políticos y la representación ciudadana en la Asamblea Legislativa son dos incómodas piedras en los zapatos de esta democracia. Se necesitan reformas urgentes en ambos ámbitos, pero, ¿cómo llevarlas a cabo si la mayor parte de las transformaciones deben hacerse con la aprobación de los partidos y estos no muestran mayor interés en empujarlas? ¿Hasta dónde tendremos que caer en el pozo de la desconfianza y la falta de legitimidad social para que las camarillas y grupos que los controlan las acepten?

Para muestra un botón: la propuesta para bajar el monto de la deuda política del 0,19% al 0,11% del Producto Interno Bruto ocupa el lugar 57 de la agenda legislativa, sin que se sepa si se va a aprobar, a unos pocos meses de iniciar la campaña electoral. Si no se aprueba se derrocharían miles de millones de colones que podrían tapar muchos de los agujeros existentes.

Un mejoramiento de la representación pasa por invertir la dinámica prevaleciente: primero se elige al candidato o candidata y luego se intenta montarle una plataforma electoral. Si fuera al revés, es decir, si los partidos definieran sus plataformas con anterioridad y con base en ellas se seleccionaran las candidaturas, sabríamos a qué atenernos al votar. Además, las y los potenciales electores deberían intervenir más en la selección de las listas partidarias y en la elección final de diputadas y diputados. Eso pasa por el establecimiento de un sistema mixto de elección: listas nacionales o provinciales y candidaturas individuales en nuevos distritos electorales.

También por la existencia de mecanismos institucionalizados de relación con la ciudadanía, y de participación directa de ésta en algunos ámbitos de la toma de decisiones, lo que de todas maneras ha venido ocurriendo en lo que va del siglo, a la fuerza, en las calles, desde el “combo del ICE” en adelante.

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