lunes, 27 de enero de 2014

El 2 de febrero



En la columna anterior intentamos mostrar, sin maquillajes, una de las caras de las elecciones.  A algunas personas no les gustó, pero como comentó un amigo en Facebook, lo escrito es “Terriblemente cierto, terriblemente fatal”.

Veamos con otro aspecto.  Se supone que las elecciones son también un procedimiento de premios y castigos para los candidatos y partidos contendientes.  Si su desempeño en el gobierno y parlamento ha sido bueno, electoras y electores les premiaran votando por ellos.  Si no ha sido así, les castigaran y no les elegirán o reelegirán. 

Sin embargo, para buena parte de las personas el voto no es precisamente un acto racional.  Lo ideal es que así fuera, pero todavía muchas votan por un partido o candidato por razones puramente emotivas o subjetivas.  La tradición parece ser todavía factor importante para algunos grupos de personas; también la simpatía o antipatía que despierta un candidato o el miedo que provoca. Pero, por supuesto, depende mucho del momento político de una sociedad concreta.

La mayoría ciudadana seguramente acudirá a las urnas el próximo 2 de febrero.  Si la objetividad predominara, el Partido Liberación Nacional y su candidato deberían sufrir una contundente derrota.  El descontento con el gobierno actual de ese partido es muy elevado e impera la opinión generalizada de que lo mejor para el país es que pasara unos cuantos años en la oposición.  Además, el candidato no despierta las pasiones que otros despertaron en el pasado, ni ofrece garantías de que se pueda producir el cambio que cacarea en la orientación seguida por los dos últimos gobiernos del PLN:  el actual y el anterior.

Pese a ello podría ser electo, en primera o segunda ronda, porque los dos candidatos de oposición que están en las primeras posiciones, según las encuestas, despiertan también sentimientos de desconfianza en algunos de los sectores de votantes, independientemente si están hartos o no de las administraciones liberacionistas.  Menuda disyuntiva para muchas y muchos votantes:  votar por el malo conocido o arriesgarse con el menos malo por conocer. 

Quizás lo mejor para el país –ya lo he dicho-- sería no tomar una decisión definitiva el 2 de febrero, sino disminuir a dos el número de aspirantes presidenciales y obligarlos a un ejercicio de concertación con otras fuerzas políticas y grupos de la sociedad civil, en pos de planteamientos que aseguren soluciones reales, sin extremismos, a los ingentes problemas nacionales, tantas veces señalados y diagnosticados.  Así podríamos votar conscientemente y con tranquilidad, el domingo 6 de abril.

Pero los deseos de un columnista no son más que eso:  deseos.  Será la mayoría ciudadana la que decida el próximo domingo, dentro del menú de opciones que se le ofrece.  A lo mejor hay sorpresas, porque en una situación de incertidumbre electoral como la que vivimos, una liebre bien podría saltar en el último momento. 

¿Está pensando en alguna?

lunes, 20 de enero de 2014

A doce días



Conforme se acerca el día de las elecciones, la atención de la mayoría ciudadana inevitablemente se concentra en los posibles resultados.  En un proceso como el actual, donde no se vislumbra con claridad un posible ganador, la incertidumbre invade mentes y corazones, las expectativas y los miedos se disparan, las conjeturas se vuelven pan cotidiano y cada encuesta que se da a conocer acelera el pulso y provoca regocijo o malestar.

Pero, ¿qué es lo que realmente vamos a hacer el próximo 2 de febrero?  Pues votar por candidatos a la presidencia y listas de posibles diputados que nos presentan los diferentes partidos, en cuya confección hemos participado poco o nada.  Quizás ahí está la esencia de la aparente apatía ciudadana que tanto preocupa a políticos y a supuestos intérpretes del momento electoral.  Porque independientemente de sus calidades personales, el hecho es que todos los candidatos han sido designados en procesos internos limitados, unos más que otros, por partidos que no gozan de extendida confianza ciudadana.

La perdieron por su desempeño en gobiernos, Asamblea Legislativa y municipalidades.  Porque se olvidaron del origen del poder concedido:  el pueblo, que lo otorga a través del mecanismo electoral, con base en la confianza que le merezcan candidatos y propuestas de acción gubernamental o legislativa.  Y esa confianza está rota.  Una vez pasadas las elecciones, los partidos generalmente le vuelven la espalda al pueblo que votó por ellos y actúan de acuerdo con otros designios.

El sistema electoral limita la inscripción de candidaturas a partidos políticos organizados según las normas legales existentes.  No hay otras posibilidades por ahora, y como los partidos generalmente terminan siendo manejados por camarillas de interés político o económico, la posibilidad de postulación de candidaturas independientes de esos grupos se reduce casi a cero, en el plano nacional y en el local.  En otras palabras, que en la mayoría de los casos la cacareada democracia interna de los partidos solamente existe en el papel.

Por otro lado, independientemente de lo que ocurra en las elecciones nacionales, la realidad es que existen otros poderes económicos y políticos, con posibilidades de decisión y de veto en el campo de las políticas públicas.  Son poderes de hecho, con los cuales tienen que verse inevitablemente gobiernos y Asamblea Legislativa: conglomerados empresariales, cámaras patronales, sindicatos, medios de comunicación, iglesias, etc.  No están sujetos al escrutinio público y ordinariamente no actúan a la luz del día.  Tienen sus propias reglas de juego y sus relaciones con los poderes públicos son más bien opacas.  Pero existen, y su peso puede ser mayor que el voto ciudadano expresado en las urnas.

Así que, ¿por quién me dijo que va usted a votar el 2 de febrero?

lunes, 13 de enero de 2014

Juego de temores



A estas alturas de la lucha electoral subsisten dudas sobre el comportamiento de los votantes el próximo 2 de febrero.  Las encuestas realizadas hasta ahora no han ahondado en las motivaciones tanto de las personas decididas a votar por un candidato como las de quienes todavía insisten en no saber por quien hacerlo.   A lo mejor han preguntado, pero no han hecho públicos los resultados.

Antes de la mal llamada tregua navideña, porque los candidatos, los medios y las redes sociales no se dieron por enterados de su existencia, en el grueso del electorado predominaba la intención de castigar a Liberación Nacional y a su candidato por los resultados de ocho años de gobiernos liberacionistas, sobre todo por los abundantes yerros y los escándalos de corrupción del que está terminando.  Pero puede haberse producido un cambio, al irrumpir en la escena la cuestión ideológica de mano del Frente Amplio y su candidato José María Villalta, quien empezó a mostrar una fuerza inusitada según las encuestas.

Ni lerdos ni perezosos los estrategas de Araya, que hasta entonces habían cometido grandes errores, incluyendo su torpe "contráteme", de pronto se encontraron con una veta que podría encumbrar a su candidato:  el temor a un gobierno de corte supuestamente chavista, encabezado por Villalta.  Y por ahí se han ido, apostando a que el grueso de los indecisos termine moviéndose por motivaciones irracionales, dejando de lado las debilidades de la candidatura de Araya y diluyendo el otro temor en juego:  cuatro años más de lo mismo o de algo peor bajo otro gobierno del PLN.  Es decir, que los votantes temerosos de un hipotético gobierno del Frente Amplio preferirían al malo conocido que al bueno por conocer, y se agruparían, aunque a regañadientes, alrededor de Araya.

En la campaña se ha introducido entonces lo que algunos denominan un "tema transversal", que podría adquirir la primacía, desviando el foco de la atención.  De esa manera la evaluación negativa del gobierno de Chinchilla y las debilidades de Araya pasarían a un segundo plano, así como las posibilidades de crecimiento de otras candidaturas.

Pero la polarización tiene sus riesgos, como lo mostró el referendo de 2007.  Porque tiende a borrar fronteras de uno y de otro lado, reagrupando a los votantes con resultados imprevistos.  ¿Y si resulta que los asustados y las asustadas no son tantos?  ¿Y si el intento de polarización falla y los votantes se mueven en otras direcciones? ¿Y si la mayoría silenciosa resulta más perspicaz que los estrategas anclados en el pasado y empuja a una segunda ronda para forzar reacomodos de fuerzas?

Quizás sería lo más sano para el país.  Obligaría a negociaciones abiertas y a coaliciones basadas en propuestas concretas de gobierno, incluyendo el señalamiento de nombres para encabezar ministerios y otras instituciones, así como la construcción de mayorías legislativas sobre otras bases.  Algo así como un gobierno de salvación nacional.

Pero, ¿seguirá el juego tan abierto?

lunes, 6 de enero de 2014

Votos jóvenes y partidos viejos

Según los datos del Tribunal Supremo de Elecciones, casi el 42% de los votantes empadronados son menores de 35 años.  Es la generación del ajuste estructural, que nació y creció bajo reglas del juego diferentes a las de la sociedad anterior, y que dejó atrás las fracturas políticas originadas en los años cuarenta y la Guerra Civil de finales de esa década.  Una generación que tiene otros valores, que mira la vida de forma diferente a como lo hacemos quienes nacimos antes.  En fin, una generación que se ha desarrollado a la par de las nuevas tecnologías de información, y que se comunica con códigos distintos a los que usa el resto de la población.

Las brechas entre generaciones siempre han existido, porque el cambio en todos los órdenes sociales no se para; pero en los tiempos que corren, cuando lo nuevo comienza casi inmediatamente a ser viejo y la cadena de sustitución se ha acelerado, la amplitud de la brecha se ha vuelto enorme.  Para quienes cargamos el peso de los años es casi imposible adaptarse a un lenguaje donde predominan términos cuyo significado parece ser solamente accesible a iniciados.  Como bliki, hashtag, tag cloud, widget, streaming, que son pan de todos los días para las nuevas generaciones, y que las más viejas ni siquiera saben que existen.  ¿Se animan ustedes a hacer un flasmob? ¡Yo por ahora no!

Ese es el ambiente en el que viejos partidos tratan de atraer votos, pero jugando con reglas antiguas, sin lograr enganchar con este electorado joven.  Tampoco están enganchando con buena parte de electoras y electores de mayor edad, pero las razones son un tanto diferentes, aunque en ambos grupos sobresale el cansancio con la corrupción, la desconfianza en partidos y líderes y el cabreo con la ineficiencia de la administración pública.  Con los jóvenes, a los elementos señalados se suma la incomprensión de la forma tradicional de hacer campaña electoral, que les parece una pieza de museo, con la cual no se identifican.  Por supuesto que hay diferencias en el comportamiento entre los subgrupos de edades que integran el grupo de 18 a 35 años.

Se pueden mencionar muchos ejemplos del desenchufe de los partidos con el grueso del electorado y, en particular, con esa enorme porción de jóvenes.  En otras ocasiones hemos señalado algunos.  Nos interesa en esta oportunidad indicar la falta de representación de los sectores jóvenes en la mayoría de las listas de diputados que han presentado los partidos.  Están pidiendo los votos para candidaturas integradas fundamentalmente por personas mayores de 35 años.  Si no me creen valdría la pena que le echen una mirada a la página “Ojo al voto” (http://www.ojoalvoto.com).

De paso pueden ojear algunas informaciones interesantes sobre el actual proceso electoral, y, además, enterarse sobre lo que están pensando al respecto las personas jóvenes.